Juan Ignacio Gutiérrez

El primer Cayetano que conocí fue el hermano pequeño de un amigo de la infancia que pasaba los veranos en el pueblo.

Mi amigo, y su hermano Cayetano, eran hijos de un médico de Sevilla.

Las personas con los nombres más largos que había conocido eran mi padre -que se llamaba Policarpo-, un compañero de mis primeros años de colegio que se llamaba Zacarías y la madre de mi mejor amigo de la infancia: Petronila.

Pero no conocía a nadie que se llamara Cayetana o Cayetano. De hecho, aquel niño se llamaba Tano. Solo años después supe que Tano era en realidad un diminutivo de Cayetano, pero, ¿cómo iba a saber yo eso si no conocía el nombre?

Y no, no lo conocía. Yo ni siquiera sabía que la persona que ostentaba, por aquel entonces, el Ducado de Alba se llamaba Cayetana; ni que tuviera un hijo de mi edad, que se llama también Cayetano. El Duque de Alba, era, entonces, El Duque de Alba. Sin más ni menos adornos.

Hace muchos años que no tengo más allá de algún contacto esporádico con aquel niño, que ya es un señor hecho y derecho. Nos hemos visto alguna vez, en verano, cuando ambos hemos coincidido en el pueblo. Mi impresión es que sigue llamándose Tano. Yo le llamo Cayetano porque, en mi cabeza, Tano es un nombre de niño y Cayetano es educado, correcto, distinguido. Vamos: un señor.

Y es que, Cayetano, es un nombre de señor, del mismo modo que Cayetana es de señora. Juan, José, Manuel, aunque también tienen diminutivos, son lo suficientemente lacónicos como para no necesitarlos y ser, tal cual, nombres de niño. Mi hijo y yo nos llamamos Juan y aunque a él le parece mal que yo tenga dos nombres y él solo uno, a los dos ese «Juan» nos viene al pelo.

Cuando nació -por influencia de un pariente- comenzamos a llamarlo Juanito. No quisimos hacer en casa un drama de un asunto tan trivial pero, ni a su madre ni a mi nos gustaba eso de “Juanito”. Llegamos al acuerdo de que dejaríamos de usar ese diminutivo el día de su primer cumpleaños e hicimos el trabajo sistemático de comunicárselo a todos nuestros conocidos, amigos y familiares. A partir de ahí, se llama Juan. Los dos nos llamamos Juan.

Mis padres también me llamaban Juan. De mi padre, no recuerdo que se dirigiera a mi nunca como Juan Ignacio; mi madre solo lo hacía si estaba muy enfadada conmigo y me llamaba para echarme una bronca. Supongo que para ella, como para mi, un “Juan” podía ser también un niño, pero un “Juan Ignacio”, no. Un “Juan Ignacio” tenía que ser más responsable. A un “Juan Ignacio” se le podrían exigir ya ciertos compromisos, cierta seriedad.

Yo, sin saber a ciencia cierta si lo pensaba, vuelvo a estar de acuerdo también en eso con mi madre. Los «Juan Ignacio», los «Policarpo», las «Petronila» o las «Cayetana», son personas mayores, adultas, responsables de sus actos. Juan, Manuel, José, Antonio, son también nombres de niño, como Pedro y Pablo.

Zacarías se fue del pueblo cuando aún éramos niños. Hasta donde recuerdo, siempre fue Zacarías para mi; creo que su madre también lo llamaba así. Petronila era una señora potente y seria y siempre la conocí por ese nombre. Mi padre siempre fue Poli, hasta que murió a los 80 años. Ni siquiera mi madre le llamó nunca Policarpo, por muy enfadada que estuviera. Vamos, ni su suegra. Que sigan descansando en paz los tres.

Para mi y para mi hermana, siempre fue «papá» y yo me sigo refiriendo a él como «mi padre».

Categorías: NOTAS MANIQUEAS

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