Juan Ignacio Gutiérrez

Yo nací en el baby boom de los 60. Ese crecimiento de los años del desarrollismo se corresponde con la estabilización natural de la población en la generación siguiente a la de la guerra civil que tuvo lugar entre julio de 1936 y abril de 1939. Pero, más que por esa inercia natural, nuestra población creció, sobre todo, por la recuperación económica.

La población española en el siglo XX.

Si una guerra es algo atroz, un conflicto civil, que enfrenta a vecinos con vecinos e, incluso, a hermanos con hermanos, nos obliga a buscar otro calificativo más contundente.

Cuando yo era niño no se hablaba de la guerra. Creo -por lo que he ido aprendiendo después- que no se debía solo al hecho de que los niños no hablen de esas cosas. En la escuela no se hablaba de la guerra; en casa no se hablaba de la guerra y el juego más parecido a una guerra que teníamos era uno que llamábamos “banda contra banda” que consistía en hacer dos equipos y que los miembros de uno de ellos fueran capturando a los del otro, pero no implicaba ningún tipo de violencia.

Había, muy raras veces, unas guerras de barrio. Yo era del Paseo. Solo recuerdo algunas batallitas, sobre todo una en la que luchamos contra el Castillo. El resultado fue desastroso: nosotros tratábamos de subir por una ladera y ellos nos tiraban piedras desde la muralla. Una hecatombe.

Creo que, salvo alguna escaramuza sin importancia que haya olvidado, ese es mi historial bélico, pues ni siquiera hice la mili.

Las películas eran americanas y de aquí no hablaban nunca. En Estudio 1 veía con mi madre teatro clásico español, pero tampoco se hablaba de la guerra. Ni siquiera “Historia de una escalera” me dio la impresión entonces de abordar el asunto.

En cuanto a la literatura, no recuerdo haber oído hablar en la escuela de Pablo Neruda -supongo que más porque era chileno que porque fuera comunista, entre otras cosas, porque nunca había oído hablar del comunismo- ni a Rafael Alberti, que ahora, después de los años, entiendo que tiene más interés -para quien lo tenga- como comunista que como poeta. Dos personajes con una historia siniestra, por cierto.

Por lo demás, conocí a los mismos autores que leí después en el instituto, después del franquismo: Antonio Machado, Federico García Lorca, Góngora, Quevedo, Garcilaso, San Juan de la Cruz, el Marqués de Santillana,…

No recuerdo haber oído hablar de ningún escritor fascistas en aquellos años. A Luis Rosales, Eugenio D’ors o Agustín de Foxá nos conocí por mi cuenta, pero nadie me habló de ellos.

De la guerra se empezó a hablar unos años después de morir Franco. Cualquiera acababa de publicar o estaba escribiendo un libro sobre la guerra civil.

Todo el mundo hablaba de la guerra, todos habían luchado contra el franquismo y todos habían corrido delante de los grises.

Los adolescentes escuchábamos fascinados las historias que nos contaban otros adolescentes un poco mayores que nosotros de las revueltas en la universidad para acabar con el franquismo.

Pero yo no recuerdo haber vivido nada de eso. Bien es verdad que crecí en un pueblo pequeño, un pueblo de montaña.

Mi padre era mecánico. La primera vez que le vi mostrar algún tipo de interés por la política fue poco antes de las primeras elecciones democráticas tras la muerte del dictador. Tenía en casa la propaganda electoral de uno de esos pequeños partidos liberales que después terminaron fundiéndose en la UCD, pero no recuerdo que me hablara de aquel partido o de lo que proponía. Ni siquiera recuerdo el nombre o las siglas del partido, solo que los folletos tenían una flecha naranja.

Mi madre sí hablaba de política. De cómo se estaba poniendo la vida de cara, de la delincuencia, de que antes las mujeres podían salir solas sin miedo, de lo convincente que resultaba Suárez o de que Felipe González, a pesar de ser socialista, le gustaba.

A mi madre no le gustaban los socialistas ni los comunistas. Decía que fueron muy malos en la guerra, pero que aquello hacía mucho tiempo que pasó.

A pesar de mostrarse comprensiva, no le gustaban. Nunca conseguí que me explicara nada más.

Socialistas no había conocido ninguno hasta las elecciones municipales de 1979. La lista electoral del PSOE la encabezaba el practicante del pueblo. Un señor entrañable, muy conocido, muy buena persona y muy servicial que al parecer no era socialista y encabezaba la lista como “independiente”. Socialista era, según me dijeron, el segundo de la lista. Un señor muy educado que era un buen cliente de mi padre.

Comunistas sí conocía a dos, que eran de la tertulia del bar al que iba mi padre después de volver del trabajo. Muchas veces me llevaba con él.

Había un señor en aquella parroquia nocturna que había sido militar y, al parecer, no entraba en el bar cuando estaba en él uno de los comunistas, que creo que era argentino. Me parece que al revés también ocurría. Es decir: el comunista argentino no entraba en el bar si estaba dentro el militar retirado, pero no recuerdo tampoco que nadie se refiriera a él como “fascista” ni nada parecido.

El resto de parroquianos tomaban medio a broma la historia y tampoco tengo constancia de que llegara nunca más lejos de aquella anécdota de tener que tomar sus vasos de vino por turnos.

Fascistas, que supiera entonces, no había. Quiero decir que no conocí a nadie que se refiriera a sí mismo como “fascista”.

No había en el pueblo, hasta donde yo sabía, ni falangistas, ni carlistas.

En aquellos años de explosión del interés por la guerra civil, a nosotros nos la contaba un señor mayor que habíamos conocido por casualidad y con el que pasábamos las horas muertas en la plaza. Según su propia versión, aquel hombre había luchado en los dos bandos.

No hablaba de buenos y malos, sino de gente y buena y gente mala. Cuando le preguntábamos por alguien que suponíamos había participado en la guerra siempre nos devolvía la misma pregunta: “¿Y por qué queréis saberlo?”

Pero nunca nos daba una respuesta concreta. “En las guerras se ven cosas muy malas”, “yo no estuve aquí en esos años”, “una cosa es lo que quieres hacer y otras lo que tienes que hacer”,…

Nos contaba que él había sido soldado de ingenieros, que son los que abren las zanjas y cavan las trincheras. Que cuando lo alistaron terminó en el frente de Peñarroya y estuvo allí varios meses cavando zanjas. 

No recuerdo bien cómo, pasados unos meses cayó en manos de los republicanos, que lo tuvieron también cavando zanjas en diferentes frentes casi hasta el final de la guerra.

Nos contó muchas batallitas en lugares lejanos que no conocíamos y que nunca supe si eran ciertas. Pero no conseguimos que nos hablara de quién había matado a quién en el pueblo. “Para qué queréis saber esas cosas. Aquello ya pasó”.

En los años de la transición, pasábamos horas y horas hablando de la guerra civil. Leíamos libros de la guerra civil, íbamos a conferencias sobre la guerra civil, veíamos películas sobre la guerra civil,…

No creo que ninguno de nosotros llegara a pensar entonces que toda aquella información que nos llegaba no fuera cierta. Sabíamos que Franco había llegado al poder porque ganó la guerra y entendíamos que era justo conocer la versión de quienes la perdieron.

Cuando el PSOE se asentó en el poder, la cosa se suavizó un poco. Supongo que, de alguna forma, todos sentían que -permitidme llamarlo así- el “ajuste de cuentas” había terminado.

Supongo que había mucha gente que pensaba que era el PSOE quien tenía que gobernar (esa milonga de la “España socialista”, tan bien implantada) y no le dábamos más vueltas.

Los socialistas lo pensaban, claro. Los comunistas, que tampoco representaban a mucha gente, lo aceptaban como mal menor, y el resto no parecía tener la fuerza suficiente como para discutir el poder a Felipe González. 

Pero vino la corrupción y el “¡márchese, señor González!”

Y ocurrió lo que nadie había imaginado: el PSOE perdió las elecciones. Para los socialistas fue algo incomprensible, inaceptable. Comenzaron a llamar fascista a Aznar y a cualquiera que lo votara o lo defendiera en público.

Después vinieron los atentados de Atocha, el acoso a las sedes del PP y Zapatero.

Zapatero y su Ley de Memoria Histórica supuso, sin ningún género de dudas, la vuelta a las trincheras, a las zanjas en el sentido más literal.

Confieso que, en mis años de la facultad, pensé sinceramente que habíamos dado por terminada la guerra. Pero me equivoqué.

Zapatero consiguió -no sé si con habilidad o con torpeza temeraria- reavivar los fantasmas del pasado; volver a dividirnos en buenos y malos, en fascistas y antifascitas (o, si preferís, en comunistas y anticomunistas, aunque mi impresión es que esas etiquetas no están tan generalizada).

El PP volvió a ganar las elecciones, pero ya la semilla del odio había vuelto a prender. Un PP, acobardado, no se atrevió a arrancarla de raíz, a pesar de haber disfrutado de una mayoría absoluta que lo habría permitido.

Su renuncia a dar esa batalla contra el odio, nos ha traído hasta aquí.

Las izquierdas más radicales de hoy se refieren a nuestra democracia como “Régimen del 78”, para hacer un paralelismo con el “Régimen Franquista” y restar legitimidad a nuestra constitución que entienden aceptada bajo coacción.

No creo que fuera así. Dudo que aquellos terribles franquistas que nos llevaron de la ley a la ley hubieran hecho trampas para que fuera el PSOE el partido que más tiempo gobernara el país; Cataluña, El País Vasco, Navarra, Valencia, Galicia o Baleares sean, de facto, territorios independientes; se sentaran ex terroristas en el parlamento, o entraran comunistas en el gobierno sin tener que tocar una coma.

No, nadie firmó la Constitución bajo coacción, ni España es un nido de facciosos como desde el gobierno actual se empeñan en afirmar cada vez que alguien trata de confrontarlos.

La mayoría de los españoles somos gente de orden, de principios; somos tolerantes, abiertos, receptivos, pacientes. Son nuestras élites las que nos han fallado siempre.

Nos fallaron en la francesada, en la I República con aquel disparate del cantonalismo que tomamos a broma, pero sobre todo, en la II República. Ahí, no solo nos fallaron: nos engañaron.

Nos engañaron al proclamar una república que nadie había votado aprovechando la agitación provocada, expresamente, tras unas elecciones municipales. Nos engañaron manipulando las actas de las elecciones generales celebradas en febrero del 36 y, lo más grave de todo, nos ocultaron su verdadero objetivo: La revolución española.

Se equivocó Serrano Suñer. La culpa del desastre de la II República no la tuvo Rusia. Los soviéticos sólo aprovecharon la ocasión para tratar de expandir su área de influencia.

Quien convirtió nuestro territorio en la primera batalla de la historia entre las diferentes familias socialistas (comunistas, socialistas, nacional-socialistas y fascistas comparten ideología totalitaria, colectivista y anti-liberal) fue la cortedad de miras de nuestros gobernantes de entonces.

Socialistas, anarquistas y comunistas aprovecharon la coyuntura para poner en marcha su revolución pendiente. Los partidos republicanos que ocupaban, más o menos, el centro del tablero fueron los tontos útiles, las víctimas propiciatorias de aquel intento revolucionario que se encontró en frente fuerzas que no iban a aceptar el atropello y que ellos, entonces y ahora, llaman “reaccionarias”.

No es que las cosas salieran mal entonces, es que no podían salir bien. Y ahora parece que hemos decidido emprender el mismo camino.

Me temo que tampoco funcionará.

Yo, que me siento español y no tengo ningún estúpido complejo que me impida reconocerlo, creo que los españoles llevamos mal la imposición. Y las revoluciones son impuestas, o no son.

Las leyes socialistas de memoria buscan crear una versión oficial de la historia y eso es un disparate, de tal calibre, que no deberíamos permitir ni tan siquiera que se planteara. 

Yo, desde luego, no estoy dispuesto a consentirlo. Así que voy a volver a ese país soñado de la adolescencia y, como hicieron todos entonces, voy a escribir mi libro de la guerra civil. O tal vez uno que nos explique aquellos años.

A mi manera, claro, porque yo también tengo memoria. Y hasta donde recuerdo, siempre ha sido democrática.

Lectura recomendada:

La revolución española (1936-1939)

Stanley G. Payne


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