Juan Ignacio Gutiérrez

El pueblo desea ser feliz, pero le equivocan el camino los lisonjeros.

En el llamado “Manifiesto de los Persas”.

Ayer estuve en un congreso Hispano-Luso de Psicólogos que se celebra cada 2 años: una vez en Portugal, la siguiente en España.

El primero se celebró en Coimbra, el segundo en Santiago de Compostela y el de ayer, que era el tercero, en Évora. El Presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Psicólogos de España anunció en la sesión de clausura del encuentro la candidatura de Valencia para el IV encuentro.

En España los colegios de psicólogos están agrupados en un Consejo General y en Portugal, hasta donde se, existe un único organismo que engloba a todos los profesionales: La Ordem dos Psicólogos Portugueses.

En la documentación del encuentro, elaborada por los colegas portugueses, que eran los organizadores, aparecen el Bastonário da Ordem dos Psicólogos Portugueses y el Presidente do Colégio Oficial de Psicólogos de Espanha, organismo que, en ese momento, yo pensaba que no existía. Pero más adelante os contaré.

En mi opinión, lo más interesante del encuentro fue el trabajo que presentó el Decano del Colegio de Psicólogos de Cataluña, que es, a su vez, Vicepresidente del Consejo General de la Psicología de España.

Cerveza barcelonesa en Évora.

Estos días le he estado dando vueltas a todo este lío de los organismos, de la representación, de por qué los portugueses habían optado por esa fórmula del Colegio oficial de Psicólogos de España, de la que, ya digo, hablaré más adelante.

Después del encuentro me puse a conducir de vuelta a casa y las emisoras portuguesas, y después las españolas, no dejaban de hablar del referéndum del domingo. Mis amigos subían más y más fotos y enlaces de artículos en los grupos de WhatsApp. Le di un rápido repaso al teléfono en una parada para tomar café y vi que uno de mis amigos había preguntado si era verdad que había que poner mañana, por hoy, la bandera. Ya había visto perfiles en redes con la bandera española y confieso que soy reacio a seguir estas convocatorias, pero -supongo que el aburrimiento de la carretera tendría algo que ver- comencé a darle vueltas al asunto.

Yo nací, hace muchos años, Español; de padres españoles, que a su vez eran hijos de padres españoles (mis abuelos españoles y así podría seguir hasta donde tengo constancia), en una ciudad tan española como Sevilla; me crié como español en un precioso pueblo español de la Sierra de Huelva que se llama Cortegana, entre Andalucía, Extremadura y Portugal. Vinimos a Madrid, la capital de España, casi con el nuevo siglo donde yo, y mi familia, hemos seguido siendo españoles hasta la fecha.

Soy un español de Andalucía; o un andaluz, que para mi es lo mismo. También soy europeo, y sevillano, y serrano, y madrileño, y he decidido que sí: que hoy toca sacar la bandera. Pero no para darle en la cabeza a nadie con ella, sino para exhibirla, para mostrar mi orgullo de tener una patria tan antigua y generosa y para que quienes compartan este sentimiento lo sepan.

Todas las naciones han escrito páginas que al leerlas producen tristeza, y aquellas que han tenido más importancia histórica, como la española, probablemente más, pero por que nuestro país, le pese a quien le pese, ha tenido un peso y ha dejado un poso importante en la historia. La identificación de la bandera española con el franquismo o el fascismo es tramposa, como sería una trampa identificar la francesa con la guillotina, la alemana con Hitler, la rusa con Stalin o la estadounidense con las bombas de Hiroshima y Nagasaki; y los que dan alas a estas ideaciones lo saben o deberían saberlo.

Quienes difunden esa tramposa identificación sí son fanáticos, y me toca estar alerta para que no le vendan a mi hijo esa mercancía averiada, como deberé estarlo para evitar que le vendan drogas o que le den el timo de la estampita.

Habra españoles casposos, como probablemente habrá holandeses o suecos que lo sean. Pero ser español no es ser casposo, ni rancio. Los españoles no somos más malos ni más buenos que otros. Hay españoles buenos y españoles malos, como ocurre con los franceses, los alemanes, los italianos, los portugueses, los argentinos,…

Así que he decidido que sí: que hoy toca bandera. Pero no porque me sienta miembro o representante de ninguna bandería, sino porque tengo la suerte de sentirme y ser español, y he pensado que es un buen momento para decirlo.

Decía Josep Pla que un catalán es un ser que se ha pasado la vida siendo un español cien por cien y le han dicho que tienen que ser otra cosa.

Eso es mala suerte, una putada. Y me da un poco de pena, porque conozco catalanes que sufren esa incómoda situación. A ver si somos capaces de resolver este asunto entre todos.

Y si no lo conseguimos, pues nada: pelillos a la mar. Mi padre nació en Melilla al comienzo de la segunda década del siglo XX, en un tiempo en el que podían viajar a Ceuta sin salir del protectorado español de Marruecos, y algunos de nuestros bisabuelos conocieron una España de la que Cuba, Filipinas o Puerto Rico eran provincias según detalla la Constitución de 1812 (a la que siguió -no es conveniente olvidar las lecciones que nos da la historia- el conocido como Manifiesto de los Persas).

Banderas a media asta en el Ayuntamiento de Cortegana (Huelva).

Una de las banderas que he puesto en mis perfiles en redes sociales es la del balcón del Ayuntamiento de mi pueblo que, por cierto, ondea a media asta porque tomé la foto el día después del atentado de La Rambla de Barcelona. La otra está en una rotonda de Alcorcón, donde vivo. He querido que mi hijo esté en la foto porque, como yo, él también nació español, de padres españoles y, a fecha de hoy, también es español. No tiene edad para sentirse orgulloso de ello, pero no me gustaría, ni creo que debiera consentir, que tenga que avergonzarse de ser un orgulloso miembro de esta hermosa y antigua nación llegado el momento.

Después de esta larga perorata me gustaría que no se me mal interpretara: cada uno puede sentirse lo que quiera, faltaría más. Yo español.

Pelo, cada vez tengo menos; caspa, creo que ninguna. Pero vamos, uso un champú anti-caspa por si acaso.

No me he olvidado de lo del Colegio Oficial de Psicólogos de España. Si hacéis esa búsqueda en Google (Colegio de Psicólogos de España) aparecen webs del Consejo, la de algunos colegios (a mi me aparece el de Madrid) y una mercantil domiciliada en Barcelona que ha acertado al llamar a una de las páginas de su sitio web «colegio-oficial-de-psicologos-de-espana«. La página solo contiene un enlace a la web del consejo, pero no deja de ser llamativo en esta esperpéntica «fiesta de la banderita» que ese mítico Colegio de Psicólogos de España tenga su sede en Sant Boi de Llobregat.

Feliz fin de semana a todos los españoles de buena fe.

Os dejo algunos enlaces.


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