Juan Ignacio Gutiérrez

Aracena es una ciudad pequeña, altiva, coqueta, señorial y preñada de historia; de conventos, de iglesias, de palacios,…

Tienen que ser cosas de la edad. El caso es que me acosté temprano el día de Nochevieja: muy poco después de tomar las uvas de rigor.

Las celebraciones de la noche que cierra el año se han ido convirtiendo de forma paulatina en una especie de bacanal de la que decidí desvincularme hace algunos años. Supongo que la llegada de Juan ha contribuido a ello, pero también las insufribles resacas. Mi muy mala salud de hierro me permite cada vez menos excesos.

Como ya había dormido lo suficiente que, dicho sea de paso, es cada vez menos, estuve en planta muy poco después de amanecer, así que salí a desayunar y me decidí a subir al cerro del Castillo.

Aracena es una ciudad pequeña, altiva, coqueta, señorial y preñada de historia; de conventos, de iglesias, de palacios,…

Reconozco que me costó subir. Me habían advertido al salir que no llevaba el calzado adecuado; supongo que eso, y la soledad de la mañana, me hicieron sentir un poco inseguro. No voy a decir que hiciera frío, pero unas caprichosas nubes comenzaban a acariciar las suaves elevaciones que rodean la pequeña y coqueta ciudad serrana. Algunas de ellas se animaron a acercarse al cabezo que coronan el Castillo y la Iglesia Prioral tanto, que conseguí tocarlas con la mano.

Allí estaba yo, recibiendo el año entre nubes en el lugar más alto de la capital de la Sierra de Huelva.

Es curioso como afecta la política a la toponimia. Yo me crié por estos lares: en la Sierra de Huelva. Aunque el territorio no ha cambiado demasiado desde entonces (alguna curva, urbanización, hotel rural, colegio o centro de salud más o menos) hace ya algunos años que los niños se crían, en función de la militancia de sus padres o sus maestros, en la Sierra de Aracena, en los Picos de Aroche, en la Sierra de Aracena y Picos de Aroche o, los descendientes de los más recalcitrantes, en la Sierra de Huelva. Todavía más curioso resulta como se reduce el topónimo en cuanto nos alejamos un poco. Cuando estamos fuera nos referimos a nuestra tierra como “La Sierra”, sin más. Y no somos los únicos que hacemos la simplificación: los habitantes de cualquier otra parte de la provincia, y desde luego los de la capital, también se refieren a la Sierra de Aracena y Picos de Aroche como La Sierra.

Y suben a La Sierra sin mas predicamentos ni prejuicios. Yo vuelvo siempre que puedo. Creo que fue a Francisco Umbral a quien le oí decir que uno es de donde hizo el instituto. Yo lo hice entre mi pueblo y Sevilla; será por eso que no sé muy bien de dónde soy.

Pero esta es una tierra que reconozco como mía, que conozco, que entiendo.

Yo hace ya algunos años que digo que voy «al pueblo» y que fui relevado de las trincheras desde las que se trata de reescribir la historia cambiando los nombres de las calles, de los pueblos, de las regiones, de los países o de las sierras.

Si uno es, siguiendo a Umbral, de donde hizo el instituto, yo soy de la Sierra de Huelva. Que por aquel entonces estaba en Andalucía Occidental. Pero esa historia es mucho más larga.


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