• Juan, ¿quieres que te cuente el cuento de Manolito?
  • Sí. ¿De qué va?
  • Bueno en realidad no estoy muy seguro de que sea un cuento, porque para mi es una historia real.

Manolito era un señor de mi pueblo que tendría unos cuarenta años cuando yo era niño. Solía verlo por la plaza de la Iglesia, que entonces se llamaba Plaza de Calvo Sotelo, sentado en uno de esos grandes bancos de hierro forjado que vemos ahora cuando vamos al pueblo..

  • ¡AH, sí, me acuerdo de esos bancos!
  • Bueno en realidad no son esos bancos, pero son muy parecidos a los que había en la plaza cuando yo era como tu, más o menos.

El caso es que la gente decía que Manolito tenía un Don.

  • ¿y cuál era papi?
  • Manolito, siempre sabía qué hora era.
  • ¿Cómo? ¡Eso es imposible!
  • Pues para Manolito, no.
  • ¿Y como podía saber siempre la hora?

Como te he dicho, Manolito solía estar durante el día sentado en un banco de plaza de la Iglesia. La gente que pasaba por la plaza le saludaba y siempre, siempre, siempre le preguntaba…

  • La hora. ¿Y tu se la preguntabas?
  • La verdad es que nunca me pareció buen hacerlo. No se si me daba vergüenza o es que pensaba ya, como pensé después, que era una forma de burlarse de él.
  • Si, pero Manolito sabia averiguar siempre la hora, y ellos no sabían.
  • Algunos no, pero otros tenían reloj.
  • Pero eso es trampa, papi.
  • Claro. Por eso pienso yo que se burlaban de él.
  • ¿Tita se la preguntaba?
  • No lo sé. Podemos preguntarle cuando la veamos. Pero sigo contándote, ¿vale?
  • Vale.

Casi todas las personas que pasaban diariamente por la plaza, como te he dicho, saludaban a Manolito y le preguntaban la hora. Era siempre, más o menos, la misma gente, que pasaba por la plaza, más o menos, a la misma hora.

Al primero que se encontraba Manolito, camino de la plaza, era al director del banco.

  • Buenos días, Manolito, ¿qué hora es? – le preguntaba el director cada mañana.
  • Las ocho y media – respondía cada mañana Manolito.
  • Perfecto Manolito: no fallas – decía siempre el director mirando el reloj que había sacado del bolsillo de su chaqueta.

La segunda persona que se encontraba Manolito, llegando ya a la plaza, era la señora Isabel, que iba todos los días al mercado a la misma hora.

  • Buenos días, Manolito, ¿qué hora es?
  • Las 9 menos cuarto.
  • Como un reloj. No fallas nunca, Manolito

La señora Isabel no miraba su reloj, porque no tenía. Pero miraba al reloj de la Iglesia para confirmar que la hora que le había dado Manolito era la correcta.

  • Pero, papi, entonces Manolito puede mirar también el reloj de la torre, ¿no?
  • Claro. Yo supongo que lo miraría.
  • Entonces, si siempre estaba en la plaza, siempre podría mirar en reloj de la iglesia y siempre sabría qué hora es.
  • Claro, siempre que estuviera en la plaza, sabría qué hora es.
  • ¡Pero eso es trampa, papi!
  • No, Manolito no hacia ninguna trampa: le preguntaban amablemente la hora, y él la decía.
  • Vale. ¿Pero cómo adivinaba Manolito la hora cuando no estaba en la plaza?
  • Yo creo que Manolito no adivinaba la hora, Juan. Eran los demás los que no dejaban a Manolito que se olvidara nunca de qué hora era.

El director del banco abría siempre el banco a la misma hora, era un muy puntual. Así, cuando preguntaba la hora a Manolito cada mañana, Manolito sabía qué hora era. La señora Isabel pasaba siempre para la plaza a la misma hora, así que Manolito tenía muy fácil saber qué hora era cuando se la preguntaba.

Como todo el mundo le preguntaba la hora, Manolito, que sabía que se la iban a preguntar y el pobre no tenía otra cosa que hacer, miraba de vez en cuando al reloj de la torre y así sabía siempre qué hora era.

  • Ah, claro. ¿Pero y si no estaba en la plaza?
  • Cuando no estaba en la plaza, a Manolito le era muy fácil calcular cuanto había tardado en llegar al sitio en el que la misma persona que le preguntaba todos los días la hora en el mismo sitio. Si cuando salió de la plaza el reloj marcaba las dos y Manolito sabía que tardaba en llegar a ese punto cinco minutos, decía que eran las dos y cinco.
  • Puf. Qué cansado tendría que ser entonces para Manolito tener que estar dándole la hora todo el tiempo a todo el mundo, ¿no Papi?
  • Pues sí, tienes razón, Súper. Yo también lo he pensado alguna vez. O puede que a Manolito le gustara dar la hora. Es agradable encontrar tu lugar en el mundo y puede que el suyo fuera ese, pero eso no lo sé.
  • ¿Y Manolito sigue dando la hora?
  • Manolito debió morir hace mucho tiempo. Puede que por eso todos tengamos reloj ahora.