Creo en la vida eterna en este mundo, hay momentos en que el tiempo se detiene de repente para dar lugar a la eternidad.
Fiodor Dostoievski
Otra vez se había parado el tiempo en el café. Hacía al menos diez años que no me había vuelto a sentar en aquella mesa, junto al inmenso escaparate que transcurría a ambos lados de la puerta principal, para comprobar, una vez más, como todo permanecía invariable, imperturbable, inmutable. Para asegurarme de que el tiempo, allí, seguía detenido.
Las mesas las atendía el mismo camarero. La misma turista americana continuaba escribiendo la misma tarjeta postal en la misma mesa, con el mismo bolígrafo, mordido por el mismo sitio del capuchón del mismo color morado. En la mesa de al lado, la misma pareja de sudamericanos mayores que había venido otra vez a comerse el mundo. ¡A comerse el mundo!
Desde la barra, el mismo camarero de rostro sudoroso y sonrosado por las repetidas visitas al grifo de cerveza, continuaba retándome con su mirada fría y descompuesta, supongo que para que no se me pasara por la cabeza irme sin pagar.
El mismo anciano delante de la misma máquina tragaperras, continuaba esperando la misma suerte y escapando de la misma muerte.
Yo, a través del cristal, podía ver pasar el mundo. La gente caminaba apresurada o tranquila; sola o acompañada; absorta o concentrada en su paseo eterno alrededor del café, como si éste fuera el centro, el eje, de un inmenso carrusel.
El mismo saltimbanqui con el mismo disfraz de payaso y el mismo perro, acababa de entrar a tomar café justo antes de una pequeña copa de vino dulce que no había tenido que pedir, para volver a la plaza a representar su eterna función, su ancestral número de circo callejero, para intentar recuperar las mismas monedas que volvería a darle, una y otra vez, al camarero, por su café corto y su pequeña copa de vino dulce. Los viandantes, continuaban eternamente haciendo sonar sus monedas en el abollado platillo del payaso.
Y yo, continuaba escribiendo, una y otra vez, en la misma libreta, con el mismo bolígrafo regalado, el relato circular de esta hermosa plaza, la más hermosa que conocía, sentado en el café. En la misma mesa junto al gran escaparate que transcurría a ambos lados de la puerta…
