Juan Ignacio Gutiérrez

Juan, mi hijo, tiene ahora ocho años. Desde hace dos, juega a fútbol sala en el colegio, pero nunca he tenido la impresión de que lo haga especialmente bien. Es malo.

Corre, es buen compañero, no da especiales problemas a los entrenadores, es más o menos disciplinado, más o menos rápido, pero, la verdad, no destaca en nada. Tampoco es de esos niños que, como algunos de sus amigos, están siempre dando patadas al balón.

Digamos que le gusta, pero no le apasiona.

Tampoco le gusta ver partidos. Yo intento que lo haga conmigo, más por hacer cosas juntos que por generarle un interés por el fútbol, pero también por eso. Jugué en mis tiempos mozos y creo que la práctica de deportes de equipo permite transmitir y asimilar valores muy interesantes.

En fín, el caso es que no juega especialmente bien. A mi me gustaría que jugara -al menos mientras esté en el colegio, durante esos años en los que la personalidad es, digamos, más maleable- y él muestra algún interés en hacerlo, al menos, mientras sus amigos lo hagan.

Este año, su “mejor amigo de fútbol” se ha ido a otro colegio. La verdad es que todo está siendo muy extraño este año, y eso, que no dejaría de ser una anécdota cualquier otro año, este viene a sumarse al gran cúmulo de circunstancias adversas que nos ha tocado vivir; también a ellos.

Hasta ahora, jugar al fútbol sala en el colegio de Juan resultaba muy fácil. Existe un campeonato a nivel municipal para su categoría y el colegio incluye en él todos los equipos que necesite hacer con los niños que deciden inscribirse en esa actividad extraescolar.

Pero este año, el miedo al virus, el hecho de que, probablemente, no vaya a haber partidos, la crisis económica y no sé que otras circunstancias, han hecho que muchos padres hayan decidido no inscribir a sus hijos. Así que, el pobre Juan, no solo se ha quedado sin su “mejor amigo de fútbol”, sino que se ha encontrado con la sorpresa de que el resto de sus amigos de fútbol, tampoco van a estar.

A medida que el mundo futbolístico se iba derrumbando a su alrededor, comenzó a hacerlo él también. Nosotros, habíamos acordado adoptar la estrategia de ayudarle a aceptar la situación y encontrar alguna otra cosa para sustituir la carencia. Afortunadamente, tiene otros intereses y el fútbol, como ya os digo, no parece gustarle demasiado.

Cuando pensábamos que conseguiríamos que aceptara la nueva situación sin mayores problemas, se dejó caer una tarde con que quería ir al equipo federado: uno de sus amigos del colegio estaba en ese equipo y quería ir con él.

En principio, lo vivimos como un problema. El equipo federado supone una selección previa y él, no solo no es un buen jugador, sino que estaría entre los más pequeños de su categoría actual, lo que haría descender aún más la ínfima probabilidad de que lo seleccionaran.

Yo traté de quitárselo de la cabeza, pero se cerró en banda. Así que comenzamos a valorar las posibilidades de que pudiera entrar en el equipo.

Hablamos con su entrenador del curso anterior y nos dijo que sí, que lo intentáramos. No habían podido hacer las pruebas de selección por la pandemia y, en principio, no había demasiados niños nuevos inscritos. Así que lo llevamos.

Comenzó ilusionado, pero, poco a poco, se fue dando cuenta de la realidad: había entrado en un equipo ya hecho, con un espíritu más competitivo que los que él conocía, con niños mayores que él, que jugaban mucho mejor que él y, sobre todo, que sabían a qué jugaban y se conocían entre ellos.

A las pocas semanas, comenzó a decirme que lo iban a expulsar porque era el más malo. Yo trataba de animarlo, pero cada vez estaba más claro, para él que lo expulsarían y para mi que, efectivamente, era de lo peor del equipo.

Yo seguía manteniéndome firme en mi apoyo, pero comenzamos a darle vueltas al hecho de que lo expulsarían y a dudar de la estrategia. A lo mejor -pensamos- sería mejor que comenzáramos a mentalizarlo de que saldrá del equipo para que eso no lo frustre cuando ocurra.

En esas estábamos, cuando decidimos volver a hablar con su entrenador. En ningún caso nuestra intención era tratar de convencerlo de que intercediera por Juan, y así se lo expresamos, sino confirmar con él que lo expulsarían y consultarle qué debíamos hacer: animarlo hasta que eso ocurriera o comenzar a mentalizarlo para la noticia.

Él nos dijo todo lo que acabo de contaros (que era un equipo hecho, que Juan era de los pequeños, que podría volver al año siguiente,…) y que los niños que no entraran en el equipo irían a los equipos del campeonato municipal.

Pero también nos dijo que, aunque aún no lo habían decidido, estaban barajando la posibilidad de quedarse con todos los niños hasta que comenzara el campeonato, porque, en realidad, solo tendrían que descartar a tres y no había seguridad de que el campeonato fuera a comenzar debido a la pandemia.

Eso disipó nuestras dudas y, aunque no hemos tratado nunca de disfrazarle la realidad de su situación, había una esperanza objetiva, realista, de que no tuviera que salir del equipo.

No sé qué ocurrirá, pero cuando sale del entrenamiento -como ayer- triste porque está seguro de que lo van a echar del equipo, le suelto una arenga de entrenador de película americana y le hablo de valores, de esfuerzo, de tenazidad, de no rendirse, de darlo todo y de luchar mientras haya esperanza.

  • Hasta el último minuto, Juan. Nosotros luchamos hasta el último minuto.

Así que, aunque solo fuera para tratar de convencerle a él de que lo intente hasta el último minuto, merece estar aquí, luchando, codo con codo: hasta el último minuto.

Así que eso haremos.


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