Juan Ignacio Gutiérrez

Pues sí: conciliar rima con gestionar. Tenemos un hijo que ahora tiene cinco años. Hace unos meses, camino del colegio, me preguntó qué significaba rima. Tras algunos torpes e infructuosos intentos de explicárselo, termine por decirle que dos palabras rimaban cuando terminaban igual, como camión y león.

  • ¡Ah, riman es que se parecen: los dos hacen “GRGRGRGRGR…”!

Traté de convencerle de que no se trataba de eso, y encima terminé comprobando yo que en ocasiones es cierto que las palabras que riman se parecen en cuanto a su significado.

Refiriéndose específicamente a la vida personal y laboral, el diccionario de la RAE, dice que conciliar es hacer compatibles dos o más cosas.

Para gestionar, hay tres acepciones:

      1. Llevar adelante una iniciativa o proyecto.
      2. Ocuparse de la administración, organización y funcionamiento de una empresa…
      3. Manejar o conducir una situación problemática.

Así que, al menos en este caso, va a tener razón mi hijo.

En mi opinión, la tan cacareada conciliación de la vida personal, familiar y laboral debe ser más un objetivo de gestión que una reivindicación sindical. Y trataré de defender esta posición.

La mayoría de las publicaciones sobre el tema, muchas de carácter oficial y académico, se centran en el conflicto: trabajadores contra empresarios; modernidad contra tradición (cuando no contra la naturaleza o la biología); mujeres contra patriarcado…

Estoy especializado en gestión de conflictos y aun así me resisto a aceptar que la única posibilidad de abordar o mejorar la gestión de un asunto sea plantear uno. Me temo que eso me convierte más en un reformista que en un revolucionario.

Pero dejando a un lado mis opciones personales, ¿podríamos reducir la cuestión de la conciliación de la vida laboral y personal a un problema de gestión de recursos humanos y materiales? ¿O, por qué no, a uno de gestión del tiempo?

¿Cuántos de nosotros tiene definidas y planifica sus tareas diarias?

Algunas de nuestras tareas diarias han sido planificadas por otros. Las laborales, si no trabajamos por cuenta propia – y ni siquiera en ese caso -, y aquellas de las escolares que requieren de nuestra participación (llevar y traer a los niños del colegio, asistir a reuniones y tutorías, comprar el material escolar,…) escapan, en principio, de nuestro control.

Si yo lo he entendido bien, la posición actual es tratar de plantear el conflicto para conseguir la adaptación de los horarios de las empresas y los colegios (por poner dos ejemplos) a los propios.

¿Y cuales son los propios? Tengo la sensación de que empiezo a ponerme pesado, pero, no obstante insistiré: ¿tenemos definidos y planificados esos horarios, esas tareas personales?

Expresiones del tipo “necesito tiempo para mi” o “necesito tiempo para hacer las cosas que me gustan” son fáciles de compartir pero adolecen de una falta de concreción que en mi opinión sería deseable para conseguir el objetivo que sugieren.

Deberíamos comenzar por conocer nuestros horarios. Pero no solo aquellos hitos que los condicionan: salir de casa para llevar a los niños al colegio a las …, entrar en el trabajo a las …, salir a las … para recoger a los niños del colegio a las … y llevarlos a la actividad …. a las …, recogerlos a las … y preparar todo para que estén dormidos antes de las …

Tomando como base la familia (a mi eso de “unidad familiar” me resulta de alguna manera eufemístico o cursi, y que me perdone la Agencia Tributaria), veamos cuál es, siguiendo la conceptualización marxista, nuestra fuerza de trabajo, pero esta vez no la cambiaremos por salario. Vamos a traducirla es un valor más universal, aquel que es el objeto principal de la conciliación: el tiempo.

¿Cuánto vale nuestro tiempo? ¿De cuanto disponemos? ¿Por qué otro bien estamos dispuestos a cambiarlo?

El tiempo disponible es fácil de calcular. Solo tenemos que multiplicar por los integrantes autónomos de la familia el resultante de descontar a veinticuatro horas el necesario para las funciones biológicas básicas. Supongamos que hemos calculado que nos quedan 14 y que somos 2. Pues ya lo tenemos: nuestra fuerza de trabajo, tal y como la hemos definido, es de 28 horas/día.

¿En qué vamos a “gastar” esas 28 horas? Ese es el quid de la cuestión. tendremos que tomar las decisiones oportunas para hacer el mejor uso de ellas. Teniendo en cuenta, además, que las posibilidades de ahorro son, cuando menos, complicadas y artificiosas.

Si este es nuestro planteamiento de partida, tendremos, desde el principio, el control de la situación y podremos comenzar a valorar de forma realista y consciente cuáles son nuestras necesidades. Estaremos en la mejor posición para comenzar a tomar, juntos, nuestras propias decisiones.

Herramientas para la gestión del tiempo podréis encontrar sin dificultad. Aquí os dejo algunas:


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