Eva soplo con desgana contra las dos llamitas que parecían hondear encima de aquellos dos reveladores números modelados en parafina blanca y roja. Otras veces había bromeado con las velas: dio la vuelta al cuatro y el dos cuando cumplió cuarenta y dos, al cuatro y el tres cuando llego a los cuarenta y tres y estuvo jugando con los dos cuatros del cuarenta y cuatro para dejar claro a sus amigas que daba igual como los pusiera. Hasta puso un cincuenta y cuatro en su tarta de Moet Chandon de Mallorca con el cinco y el cuatro a los cuarenta y cinco; pero esta vez no le apeteció bromear con los números, el cinco y el cero no daban para bromas. Algunas de sus amigas ya eran abuelas; la mayoría no, pero ella ni siquiera tenía hijos, ¿Como iba a tener nietos?

Ademas, ella no quería tener nietos, no quería ser una abuela; a su edad, la suya era una vieja, una anciana, una abuela; eso es: peinado de abuela, bata de abuela, trucos de abuela. Ella no tenia nada de eso, así que no tenia por qué preocuparse. Y aun así, no podía dejar de mirar aquellos dos números obesos.

  • ¡Cincuenta años! Mi abuela era una anciana venerable a esa edad-. Susurró Eva sin dejar de mirar al vacío en la misma dirección de la tarta.
  • ¡Sal de ahí! Tu madre era una fantástica mujer llena de vida a los cincuenta, y tú estas fantástica.

Esa era la jovial e insustancial Rebeca, que vestía como su hija Alma, hablaba como su hija Alma -¿o tal vez era Alma la que hablaba como Rebeca?- y se comportaba como si tuviera todavía veinte años, o menos.

  • hace cien años, probablemente ya estaría muerta.
  • anda, anda, ¿pero qué dices, tonta? Ya quisieran muchas estar como tú, tan linda, tan fresca, tan fantástica.

Rebeca utilizaba ese adjetivo en casi la mitad de sus frases: la ultima película que había visto era fantástica, la cena había sido fantástica, el hotel de París en el que había pasado un fin de semana con uno de esos fantásticos novietes que se echaba de vez en cuando era fantástico, el último amigo de Alma – ella nunca tenia novios- era fantástico, la novela que acababa de leer era fantástica…

  • Ya salió Mariquilla la fantástica. Me tienes harta con tanta fantasía: ¿No ves que acabo de cumplir cincuenta años, que soy una vieja?
  • Cincuenta fantásticos años; venga, si estás fantástica. ¡Mira que cutis!
  • ¡Y dale! ¡Que no estoy fantástica! Es más, no quiero estarlo. Y a ti te quedan meses, no te creas que tú no los vas a cumplir, ya veremos cómo los llevas.
  • Pues bien, cómo los voy a llevar. Ahora cincuenta no son nada, estamos en la flor de la vida. Olvídate de tu abuela. A ella le tocó vivir otra época, pero ahora es diferente. ¡hemos avanzado tanto! Vivimos casi cien años y ahora vamos por la mitad, estamos en el clímax. Tenemos que estar fantásticas y lo estamos. Antes era otra cosa.
  • Mi abuela murió a los noventa y seis. Lo de la esperanza de vida no es tan “fantástico” como piensas, la estadística es una ciencia estúpida: si tengo dos hijos y uno de ellos muere a nacer y otro vive setenta años, la esperanza de vida de mis hijos es treinta y cinco años, es así como va eso. No hemos avanzado nada, salvo que avanzar sea decir más tonterías que antes. Y yo ni siquiera tengo hijos, así que su esperanza de vida es cero, ¿sabes?, cero patatero.
  • Venga, venga, deja de atormentarte. Estas fantástica, acabas de cumplir cincuenta añazos y ahora mismo nos vamos a ir a tomar unos gin tonics a ese sitio tan fashion que me ha recomendado Alma.

Aunque Eva no estaba muy convencida, subió al Cabify que Rebeca había pedido con la aplicación del móvil sin darle tiempo a responder.

Se quedó rezagada sintiéndose fuera de sitio cuando llegaron al local que, según ella, Alma había recomendado a Rebeca, que había ido directa a la barra.

Ya con los gin tonics en la mano, chocaron sus vasos, Eva devolvió tímidamente la gran sonrisa que le había regalado su amiga y dieron un largo sorbo a sus copas.

  • Allí está Alma con sus amigas, vamos a saludarlas, son unas chicas fantásticas. ¡Es su cumple, felicítala!-  Gritó Rebeca a su hija Alma para que pudiera escucharla en aquel ambiente atronador, mientras tiraba del brazo de su amiga hacia su hija, que farfulló lo que Eva interpretó como una felicitación.

Rebeca se sentó junto a su hija en el gran sofá circular en el que las chicas tenían las copas, indicando a Eva que se sentara casi en el otro extremo del semicírculo y se puso a charlar animadamente con su hija.

Las amigas de Alma y Eva se limitaron a presentarse con una leve sonrisa y un ligero movimiento de cabeza, con un mínimo gesto similar a una reverencia.

Eva dio otro trago a su copa, volvió a ponerla en la mesa y, por simple aburrimiento, simulo interesarse por la conversación que tenían las dos chicas que parecían discutir justo a continuación de la esquina del sofá en la que Rebeca la había invitado a sentarse.

  • Tía, ¿qué dices? La de procesal es vieja, tiene que tener por lo menos treinta y cinco.

Eva volvió a coger su copa de la mesa, dio un largo trago al colorido gin tonic, lanzó una larga mirada alrededor que barrió toda la sala y, de vuelta, la detuvo en Rebeca, que reía de forma escandalosa por algo que su hija parecía estar contándole al oído.

Pensó decirle que se iba, pero decidió no hacerlo. Se levantó con naturalidad, se dirigió lenta y decidida hacia la puerta y salió a la calle sin mirar atrás.

Una vez fuera de aquel ruidoso y angustiante local, pensó que su casa no quedaba demasiado lejos. Era una noche hermosa de finales de agosto y la luna lucia inmensa al final de la calle. Sabía que esa luna tenía un nombre pero no recordaba cuál. No le importó. Era hermosa y estaba suspendida entre los edificios al final de la calle por la que tenia que empezar a volver a casa.

Se echó a andar sin pensar en nada, como atraída por aquella inmensa luna naranja.

  • Claro: esa es la Blue Moon.- Misitó sonriendo orgullosa por haber recordado como llaman los americanos a la segunda luna llena del mismo mes.

Pensaba en qué podría querer decir aquello de “luna azul” mientras canturreaba la versión de Sinatra que recordó haber escuchado en un bar de jazz durante su primera visita a Nueva York.

  • Yo creo que Rebeca no ha estado nunca en Nueva York. Sería genial que celebráramos allí su cincuenta cumpleaños. Mañana, si no tiene una resaca muy gorda, se lo propongo; seguro que le parece una idea “fantástica” como ella dice.

Sin dejar de canturrear y con una sonrisa feliz dibujada en la cara, que no habría podido borrar aunque lo hubiera intentado, continuó caminando hacia aquella inmensa luna con el deseo de que la calle no terminara nunca. Mientras, parecía ser el propio Frank quien estuviera cantando justo detrás de ella.

  • Blue moon, now  I’m no longer alone, without a dream in my heart…